martes, 7 de diciembre de 2021

Los laberintos de la memoria

 Hoy no me reconoce.

Y es una sensación muy extraña, la de estar al lado de tu madre y no poder tomar su mano. Ella no quiere. La que si que soy extraña soy yo para ella, me mira y se encoge de hombros. Me vuelve a mirar con los ojos bien abiertos y se vuelve a encoger de hombros. Me entra cierta desesperación, creo que no me voy yo porque yo a ella si la conozco y necesito verla. Pero así es bien duro. 

Como no puede hablar, no puede expresarnos lo que pasa por su mente. Y como no me reconoce no cabe construir un abrazo de esos que dicen todo sin decir nada, sin emplear una sola palabra.

No cabe más que la compañía, que se me antoja forzada, por unos instantes.

Yo siento mucho desasosiego, porque al no saber ella quien soy, siento como si estuviese profanando su intimidad, me siento como una extraña ajena a ella.

Antes decía aquello de que era suficiente que yo la recordase, que no importaba quien fuera para ella. Pero es que si no puedo expresar con mi piel lo que siento, si no se deja querer, veo la inutilidad de lo que sí está grabado en mi cerebro y soy capaz  de reproducir. 

Es una visita en la que atraviesas el umbral llena de esperanza y te marchas con las manos vacías de amor.

Pero hay que estar ahí, porque a veces se enciende el click de las conexiones cerebrales o vaya usted a saber que cosa se enciende y, entonces, te reconoce y se emociona y se pone muy contenta. 

Cuando esto sucede te marchas con sensación de plenitud y das gracias por haber vivido esos instantes.

Este mundo es muy extraño y muy extrañas son las formas en las que se manifiestan el amor y la vida.


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